
Adelanto editorial: Los muchachos del apocalipsis
1 abril, 2025
Presentamos un adelanto de la nueva novela del escritor y poeta salvadoreño, Jorge Galán, cortesía de la editorial Alfaguara.
Antonio salió al pequeño patio de la casa y subió al tejado a través de una escalera apoyada en la pared. Solía hacerlo casi cada noche, era su manera de estar solo en casa. Le gustaba tenderse y mirar el cielo, las estrellas o la nada, o simplemente cerrar los ojos y permanecer ahí como si pudiera tener la oportunidad de quedarse aislado del resto sin padecer ninguna consecuencia. Antonio se sentó en el centro, y fue entonces que la voz dijo:
—Has hecho algo terrible, ¿verdad?
Sentada en el tejado de la casa vecina, protegida en las sombras, Antonio reconoció la voz de Esther, a quien todos conocían por Nana. Según sus amigos del bachillerato, era idéntica a una cantante islandesa con ese nombre, y por ello la llamaban así. Para Antonio, Nana era una chica un tanto peculiar, a veces grosera, a veces indiferente, otras amable. Según Nana, contrario a lo que algunos que la conocían bien pensaban, ver muertos no la hacía una chica extraña, pero otras cosas como mirar al aura de la gente, sí. Nana tenía diecisiete.
—¿Qué decís? —preguntó Antonio.
—Hiciste algo malo, Antonio. Se te nota mucho. Lo veo en tu aura.
—Vaya con la bruja —exclamó Antonio.
—¿Vas a decirme qué mierda hiciste o voy a tener que adivinarlo? Podría adivinarlo, pero no tengo ganas, hoy no ha sido precisamente un día bueno y estoy cansada.
—No he hecho nada, Nana —dijo Antonio, y se tendió.
—¿Le gritaste otra vez a la viejita? Esa abuela maligna tuya te va a envenenar un día. Lo sé. Esas cosas también se notan, Antonio, ya te dije.
—Da igual, Nana. Tampoco estaría mal que lo hiciera, no sos la única cansada de las cosas.
—¿Querés ver mi tatuaje nuevo? —preguntó la chica, que se levantó de dónde estaba y salió a la luz. Llevaba el pelo recogido con una cinta. Antonio notó que se veía distinta, aunque no supo decir por qué, y supuso que quizá la forma de llevar el cabello le ayudara a mostrarse menos infantil. Nana no solía peinarse y casi siempre lucía un pelo desordenado, robusto, que caía a ambas partes del rostro y que ella solía retirar a cada momento.
—Hacé lo que querás, Nana —dijo Antonio.
—Me lo hice en el culo. En la nalga izquierda. ¿También te da igual?
—No he dicho que me diera igual, sólo dije que hicieras lo que quisieras —musitó Antonio.
—Pues yo entendí que te daba igual —se quejó Nana—. Pero es que sos una piedra, Antonio. ¿Te caigo mal o qué? Si es así, decime y no te vuelvo a hablar en mi puta vida.
—No es eso, Nana. No es eso. He tenido un mal día, ya te dije que estoy cansado.
—En este país nuestro todos nacimos cansados —dijo Nana—. Y todos tenemos un mal día casi todos los días. Eso no te hace especial.
Antonio puso sus manos sobre el pecho, entrelazándolas.
—No quise ser grosero, Nana, es sólo que tengo muchos problemas.
—Yo también estoy cansada—dijo Nana, que se sentó junto a Antonio—, pero también estoy cansada de estar cansada, así que me lo quito todo de la cabeza. A veces es necesario mandar todo a la mierda. Por cierto, ¿sabés lo que me pasó en la mañana?
—¿Qué te pasó, Nana?
—Fuimos a la cancha con mi amigo el arqueólogo
—¿Tenés un amigo arqueólogo?
—Ese ignorante no ha terminado ni el bachillerato —dijo Nana—, le decimos así porque solo con momias sale. Tiene mi edad y primero salió con una doña que tenía como cuarenta y ahora con otra que está más vieja que la anterior y tiene hijos mayores que él.
—¿Sí? —exclamó Antonio, que sonrió sin notarlo.
—Es un sinvergüenza, les saca dinero a las viejas esas, y ellas se dejan. Muy bonito. En fin, la cosa es que fuimos a la cancha, como a las seis de la mañana. Y empezamos a jugar y en eso aparecieron dos que yo conocía, bueno, de esos que andan por aquí, ya sabés, los conozco, pero no somos amigos. Y uno de ellos hasta nos pidió la pelota para lanzar al aro. Y lanzó una vez y ya. Luego se fueron, él y su amigo, al fondo del parque. Y no sé a quiénes se encontraron o qué vieron, pero resulta que empezaron a disparar y a gritar.
—¿Y ustedes?
—Nosotros salimos corriendo con todo lo que teníamos, y ya estábamos acá en el pasaje, cuando el imbécil del arqueólogo me dice: Nana, Nana, se me olvidaron mis llaves…
—¿En la cancha? —preguntó Antonio.
—Pues sí —exclamó Nana y fingió la voz, imitando a su amigo: Nana, Nana, tengo que volver por las llaves de mi casa… ¡Semejante idiota! ¿A quién se le ocurre?
—¿Entonces qué hicieron?
—Entonces nada—siguió Nana—, esperamos un rato y luego volvimos. El muy idiota las había dejado sobre una de las bancas de cemento. Menos mal que las encontramos. Pero es que siempre es así el arqueólogo, siempre hace esa clase de tonterías. No sé ni cómo sabe hablar. Está a dos minutos de andar en cuatro patas, te lo juro.
Antonio se echó a reír. Y lo hizo de buena gana, como si por un instante se permitiera olvidarse de todo, de Lucy, de su padre, de Tomás, de Sonia, de él mismo. Cerró los ojos, respiró el aire frío y escuchó a Nana reír a carcajadas, decir groserías, y mientras sucedía, recordó que a Lucy no le gustaba Nana, se lo había hecho saber algunas veces: No soporto a esa niña, quién se cree que es, o bien, Le gustás a esa niña zorra, te mira como si se le hubiera aparecido la virgen. Antonio supuso que no debería importarle.
Luego de un rato, Antonio preguntó a la chica:
—¿No creés que ya todo da igual, Nana?
—Eso decía el borracho de mi hermano, y ya sabés que los niños y los borrachos no mienten, ni las zorras de diecisiete años como yo, que no tenemos nada que perder.
—Qué frío hace —se quejó Antonio.
—¿Serías un fantasma si pudieras, Antonio? —preguntó Nana, cambiando de tema de manera abrupta, como hacía casi siempre.
—A lo mejor —respondió Antonio—, supongo que no estaría mal andar por allí viendo qué hace la gente.
—Yo estoy segura de que en otra época fui un fantasma—dijo Nana—. En otra época antes de volver a nacer, y por eso tengo la cabeza llena de pesadillas.
—La boca llena de maldiciones como el saco lleno de conejos muertos de un cazador —dijo Antonio.
—Qué frase tan buena, ¿se te acaba de ocurrir? —preguntó la chica, sorprendida.
—Lo leí no sé dónde —mintió Antonio.
—Está bien, me gusta, es una frase bonita y terrible, bonita y terrible como yo, y eso también está bien. ¿No te parece?
—Supongo que sí, Nana. Supongo que sí.
Se quedaron un rato en silencio. Antonio miraba hacia el cielo sin estrellas y se sentía viejo. Tenía solo veintiuno, pero creía padecer el cansancio de un anciano de noventa. No podía evitarlo. Sin saber la razón, recordó el día que visitó la feria por primera vez, durante las fiestas del Salvador del Mundo, en agosto. ¿Cuántos años tendría? ¿Dos, tres? No lo sabía, pero estaba convencido de que aquel era su primer recuerdo, yendo de la mano de su padre por las calles repletas de gente hasta llegar al Campo de Don Rúa. El niño que era entonces desconocía todo, su padre era solo un hombre, uno que sonreía. Aquella tarde entraron a un circo donde observaron un elefante caminar con tres chicas sobre su lomo, presenciaron un mago hacer desaparecer un tigre de Bengala, y comieron palomitas de maíz, y quizá, solo quizá, fue el día más feliz de su vida, y apenas pudo comprenderlo, apenas se dio cuenta. Estaba convencido de que su primer recuerdo también sería el último, un destello antes de caer en la muerte. Aquel día, cuando tenía dos o tres años y visitaban el campo de la feria, no sabía nada de su madre, de su abuela, del asesinato de su abuelo, no sabía nada ni de masacres ni de extorsiones ni de inviernos terribles que inundaban la ciudad, ni de los muertos del día. Comprendía, eso sí, que el hombre que lo llevaba de la mano era su padre y que el cielo era claro y los circos inmensos. Si todo hubiera acabado entonces, habría muerto sin haber conocido el dolor.
Unos disparos cercanos y un tumulto de voces afligidas lo sacaron de su recuerdo.
—Eso ha sido muy cerca —dijo Nana, bajando la voz.
Sonó un disparo más. Nana agachó la cabeza, como si tuviera que protegerse. Antonio ni siquiera volvió a mirar. El viento frío silbó en alguna parte. Antonio metió sus manos en los bolsillos de sus jeans.
—¿Bajamos? —preguntó Nana—. Puede ser peligroso, Antonio.
—¿Te da miedo? Porque a mí ya no me da miedo nada —le aseguró Antonio.
—¿Estás haciéndote el duro para impresionarme?
—No quiero impresionarte, Nana.
—¿Bajamos o qué?
—Si querés, bajá. Ya te dije que a mí no me da miedo.
—Entonces a mí tampoco —dijo Nana, y se arrastró sobre el tejado para tenderse junto a Antonio, y cerró los ojos como si nada más fuera importante.
Poeta y narrador salvadoreño. En el ámbito de la narrativa ha publicado La habitación al fondo de la casa (2013) y en 2015 su obra Noviembre recibió el Premio de la Real Academia Española a la mejor novela publicada ese año. También ha escrito la novela juvenil de ciencia ficción El sueño de Mariana (2008, Premio Nacional de Novela de El Salvador), y los libros infantiles El premio inesperado (2007), Los otros mundos (2009) y El hechizo del mago (publicado en la colección del Premio Charles Perrault de Cuento Infantil y por la que Galán fue merecedor del Premio Nacional de Teatro Infantil el mismo año). En su trayectoria cuenta con diversas distinciones, como el Premio Nacional de Novela Corta de El Salvador (2006), el Premio Adonáis (2006), el Premio Antonio Machado (2009), el Jaime Sabines para obra publicada (2011) y el Premio Casa de América de Poesía (2016). Con Gran Travesía ha publicado la trilogía El país de la niebla compuesta por La ruta de las abejas, La caída de Porthos Embilea y El domador de tornados. Una serie que reinventa los tópicos de la tierra media y crea una nueva expresividad para la fantasía en nuestra lengua.